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De la aldea global a un globo de aldeas
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por Helena
Norberg-Hodge
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Para mí, el movimiento
de eco-aldeas representa una de las más esperanzadoras e importantes
tendencias actuales a nivel global. El deseo de un creciente número
de personas de vivir de una manera gratificante en el plano social
y espiritual, y sostenible económicamente, puede crear los modelos
que necesitamos para el nuevo milenio.
De hecho, estoy convencida de que el Norte debe abrazar esta causa
porque es quizás la única manera de evitar la catástrofe social
y el colapso medioambiental.
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Globalización
y crecimiento permanente |
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Pero
para entender el significado de las ecoaldeas, es esencial examinar
las tendencias interrelacionadas de la economía mundial y el rápido
crecimiento de las ciudades.
Impulsada mediante acuerdos como los de Maastricht, GATT (Acuerdo
Global sobre Tarifas y Comercio) y NAFTA, la globalización de la economía
constituye la mayor sacudida social desde la revolución industrial.
Las
consecuencias de estos acuerdos son tremendas: aumento del crimen,
violencia fundamentalista y xenofobia; paro y pobreza crecientes;
pérdida de autoestima, de comunidades e incluso de democracia. Pero
a pesar de estos penetrantes y poderosos cambios, pocos son conscientes
de las derivaciones de estos acuerdos.
Basados
en el dogma simplista de que el libre comercio es bueno para todos,
se están imponiendo estos cambios sistemáticamente (de nuevo, anclados
en un paradigma económico estrecho y obsoleto) sin la implicación
de la gente y, a menudo sin el entendimiento de sus múltiples efectos
por parte de los políticos.
Un
problema importante es que el sistema global se ha vuelto tan complejo
y vasto que pocos pueden reconocer sus límites. Sin embargo, para
invertir la tendencia y ayudar al crecimiento del movimiento de eco-aldeas
es esencial saber cómo funciona el sistema económico.
Mucha
gente, especialmente los activistas de base y las mujeres, se inhiben
en cuanto oyen comercio o economía. Suelen pensar que estos temas
tan importantes son tan abrumadores, que creen que no pueden hacer
nada.
Pero,
precisamente, entender de economía produciría el efecto opuesto, sentirnos
más dueños de nuestro poder. Es necesario conocer la visión de conjunto
de un sistema expansionista dirigido por enormes monopolios y basada
en la idea de la ventaja comparativa.
Esta
teoría, en la base del crecimiento permanente, que fue formulada originalmente
por Adam Smith y Ricardo y dice así: A nivel local no hay que producir
una gran variedad de productos para el propio consumo; habrá más prosperidad
si la producción es especializada y basada en la exportación.
En
un cierto sentido, la aplicación de estas ideas puede haber producido
los efectos opuestos, pues durante casi 200 años los gobiernos pro-industriales
han estado subvencionando a ciegas y fomentando más y más comercio
sin valorar su impacto en la sociedad y el medioambiente.
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Una
economia imperialista |
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Para
decirlo sencillamente, este proceso comenzó en la era colonial cuando
grandes compañías como la de las Indias Orientales empezó a sacar
provecho de las materias primas baratas de las colonias.
Al principio, estas compañías vieron sus actividades recortadas por
las leyes anti-trust, pero con el tiempo (y en parte a causa del avance
tecnológico) se hicieron tan grandes que consiguieron el control monopolístico
del comercio mundial y, por tanto, de las economías nacionales.
Estas grandes empresas multinacionales no se han hecho poderosas por
una actitud conspiradora consciente, pero han acabado por tener más
poder y riqueza que los propios gobiernos.
Estas empresas están detrás de las políticas que afectan nuestras
vidas; sobre todo, han contribuído a fomentar los tratados de Comercio
Libre.
Los medios de comunicación de masas están controlados por estos mismos
monopolios y fomentan de forma incuestionable las ideas de globalización,
así como, a través de la publicidad, la avidez por el consumo que
es la base para su subsistencia.
Se nos dice que estos tratados nos unen, pero, de hecho, han elevado
la competitividad y el paro increíblemente. Estos procesos no sólo
nos separan sino que han creado y exacerbado las tensiones étnicas.
Un
cierto grado de especialización en la producción y el comercio global
quizás pueda elevar el nivel de vida a nivel mundial. Pero hemos obviado
cómo nuestras propias políticas económicas han ayudado a crear y fomentar
los monopolios. Por ejemplo, en Kenia la mantequilla holandesa cuesta
la mitad que la nacional.
Cualquier
niño se preguntaría: ¿Es esto eficiente? ¿Por qué se transporta la
mantequilla a 10.000 millas de distancia? Las grandes empresas son
favorecidas mediante subsidios indirectos y con el apoyo de ciertas
legislaciones.
El
dinero de los contribuyentes se dirige cada vez más hacia el comercio
y el transporte en detrimento de los pequeños productores y empresas.
En España, por ejemplo, aunque todavía hay preciosos mercados con
productos frescos de granjas cercanas, la influencia de los grandes
es tal que el ajo importado de China se vende a la mitad de precio
que el español.
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La
monocultura global |
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La
presión psicológica para formar parte de la monocultura global es
también muy destructiva.
A la gente joven de los países desarrollados se le ha hecho desear
los productos importados a través de modelos estereotipados y una
estrategia de mercado que inculca en la gente el sentimiento de que
ìlos productos locales son una mierda y los importados buenos.
Por ejemplo, las mujeres en China se están operando los ojos para
que parezcan occidentales. En Occidente, las mujeres tampoco pueden
vivir al nivel de las expectativas creadas para ellas a través de
los medios de comunicación de masas. Deberíamos tomar conciencia de
cómo la economía global competitiva nos está haciendo sentir mierda
creandonos una sensacíón de inadaptabilidad.
Como carecemos de formación económica somos insconcientes de las conexiones
entre la economía y la dimensión espiritual y psicológica de la vida.
Estoy
convencida de que los seres humanos tenemos un gran anhelo de conectarnos
con la tierra y entre nosotros. Esta ansiedad por conectarnos se puede
ver en casi todos los aspectos de la vida: en el campo de la salud,
donde la dirección apunta a reconocer la interdependencia entre tierra,
cuerpo, mente y espíritu; en arquitectura, donde hay una tendencia
a relacionar las estructuras con las peculiaridades del clima y el
lugar; en agricultura, que cada vez se aleja más de la industria agroquímica
y se acerca a los métodos ecológicos, incluso a nivel institucional;
y, por último, pero no menos importante, en el movimiento de eco-aldeas
que busca fusionar toda esta ansiedad por conectarse.
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El
fin de la diversidad |
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Sin
embargo, las fuerzas macroeconómicas están minando estos esfuerzos
separando a productores y consumidores y expulsando la población rural
a las ciudades.
En
occidente hay concepciones muy profundas que coadyuvan a estas fuerzas.
Hay una tendencia a pensar que las inquietas áreas urbanas son el
centro de la cultura y la diversidad, y las pequeñas comunidades locales
puntos aislados donde la estrechez de miras y los prejuicios son la
norma. Tampoco es de extrañar.
El proceso de industrialización ha supuesto la sistemática eliminación
del poder político y económico de las zonas rurales, junto con la
consiguiente merma de autoestima de su población. En las comunidades
pequeñas hoy la gente está viviendo en la periferia mientras el poder
e incluso lo que llamamos îculturaî está centralizado en otro lugar.
Durante
generaciones se ha estado marginando la vida rural en Occidente, por
lo que los occidentales tienen una visión distorsionada de lo que
puede ser la vida en las comunidades pequeñas.
Incluso
en el Tercer Mundo, hecho de pueblos, el colonialismo y el desarrollo
han dejado una marca indeleble. Para saber cómo son las comunidades
cuando la gente conserva el poder económico real, deberíamos retrotraernos
(cientos de años atrás en algunos casos) a antes de que estos cambios
ocurrieran.
Yo
ví con mis propios ojos cómo la cultura comunal y confiada de Ladakh
(el Pequeño Tíbet) se transformó con el desarrollo económico. La cultura
tradicional se caracterizaba por su vitalidad, alegría y tolerancia,
valores claramente conectados con la autoestima y el control de la
propia vida.
El
desarrollo económico significó el desmantelamiento de la economía
local, o lo que es lo mismo, el poder local de decisión se trasladó
de los pueblos y las casas a centros burocráticos en lejanas ciudades;
los niños fueron educados en un estilo de vida que nada tenía que
ver ni con los recursos locales ni con sus mayores; la gente se vió
de repente invadida por los medios de comunicación de masas e imágenes
publicitarias que presentaban la vida urbana como excitante e importante
y la vida del campesino como atrasada y primitiva. La consecuente
pérdida de poder y autorespeto han generado una mentalidad mezquina
y de estrechas miras así como división y fricciones. Si las fuerzas
económicas continúan minando la autoestima y la vitalidad cultural,
la vida rural futura en Ladakh no será muy diferente de la de cualquier
ciudad pequeña típica de Occcidente.
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La
densificación de las ciudades |
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Otro
mito manido cuando pensamos en eco-aldeas y economías de escala humana
es el de "hay demasiada gente como para volver a la tierra".
Se olvida con demasiada facilidad que la mayor parte de esta población
(sobre todo del Tercer Mundo) vive en la tierra.
Ignorarla,
es decir, hablar de la urbanización como si fuera una condición inherente
a las personas, es peligroso pues no hace sino incitar a la urbanización
misma.
De igual manera, se considera utópico proponer la ruralización de
América o Europa y, en cambio nadie se rasga las vestiduras porque
China planee instalar a 440 millones de personas en las ciudades en
las próximas décadas.
Esta
"modernización" china es parte del mismo proceso que ha
provocado crecimientos urbanas incontrolables en todo el Sur, de Bangkok
a Méjico, Bombay, Yakarta y Lagos, ciudades donde el paro es muy elevado
y hay millones de personas sin casa o que viven en infraviviendas:
el tejido social se está deshilachando.
La
urbanización continúa incluso en el Norte. Se están desmantelando
sistemáticamente las comunidades rurales y su población llevada a
megalópolis suburbanizadas. En los EE.UU., donde sólo el 2% de la
población vive en el campo, las granjas están desapareciendo a un
ritmo de 35.000 al año. Es imposible ofrecer este modelo al resto
del mundo, donde la mayoría se gana la vida como granjeros. Sin embargo,
quién hay que diga: ¡Somos demasiados para ir a la ciudad!
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La
ciudad global insostenible |
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Por
el contrario, se nos dice que la urbanización es necesaria a causa
de la superpoblación, e implícitamente afirmando que la centralización
es más eficiente y que las poblaciones urbanas consumen menos recursos.
Pero
si estudiamos los costes reales de la urbanización en la economía
global, la verdad es la contraria: las ciudades de todo el mundo consumen
recursos intensivamente. Los sistemas centralizados y a gran escala
son, casi sin excepción, más dañinos para el medio ambiente que la
producción adaptada a las necesidades locales, diversificada y de
pequeña escala.
La
comida y el agua, los materiales de construcción y la energía se deben
transportar a grandes distancias mediante infraestructuras de alto
consumo energético. Los desechos concentrados de las ciudades deben
transportarse en camiones e incinerados con un gran coste para el
medio ambiente. Sus torres iguales de aluminio y cristal con ventanas
que nunca se abren, hasta se les debe proveer de aire mediante ventiladores,
bombas y energía no renovable.
Desde
los barrios más ricos de París hasta los arrabales de Calcutta, la
población urbana depende del transporte para su comida, de tal manera
que cada unidad energética de comida necesita varias de consumo de
petróleo y cantidades significativas de contaminación y basura.
Y
lo que es más, estos centros urbanos occidentalizados (en el Brasil
tropical, el árido Egipto o la Escandinavia sub-ártica) utilizan todos
el mismo reducido espectro de recursos y desprecian los métodos que
se adaptan mejor localmente y que utilizan los recursos del lugar,
el conocimiento y la biodiversidad.
Aunque
a los niños de los pueblos pesqueros noruegos les gusta comer bacalao
y la gente de la llanura tibetana prefiere su común cebada, cada vez
más se les induce a comer lo mismo. A la gente en todo el mundo se
la empuja a la monocultura, destruyéndose así la diversidad cultural
y biológica.
La
economía global urbanizante está creando así una escasez artificial;
ignora los sistemas locales de conocimiento y educa a los niños a
ser dependientes de una economía altamente centralizada. Las consecuencias
son tasas elevadísimas de desempleo, competitividad creciente y conflictos
étnicos en ascenso.
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La
alternativa |
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Precisamente
porque hay tanta gente, se debe abandonar el modelo de economía global
que sólo puede alimentar, dar casa y ropa a una pequeña minoría. Es
esencial apoyar sistemas inteligentes y modelos económicos basados
en un verdadero entendimiento de la diversidad de las regiones, y
sus climas, suelos y recursos. Es esencial apoyar el movimiento de
eco-aldeas.
En el Norte, donde la mayoría nos hemos separado de la tierra y entre
nosotros, tenemos que hacer grandes avances. Pero incluso en regiones
muy urbanizadas, es posible hallar la conexión con el lugar y con
las personas.
Las
ciudades pueden recobrar su carácter regional, ser más habitables
y menos gravosas para el medioambiente si se rehace de nuevo el tejido
de las comunidades pequeñas dentro de ellas y se dirige su actividad
económica hacia los recursos naturales locales.
Nuestro
trabajo será más fácil si apoyamos las comunidades locales que quedan
y a los pequeños granjeros; ellos son la clave para reconstruir la
base agrícola sana de unas economías más diversas.
Mucha
gente cree que sólo hay dos modelos económicos: el comunismo centralizado
y el capitalismo de las multinacionales aún más centralizado.
Hay
incluso quien dice que, tras la victoria en la guerra fría del capitalismo
de las multinacionales, ìla historia ha acabadoî. Sin embargo, hay
una tercera alternativa, una descentralizada que permite a la gente
diseñar el terreno de juego de los negocios a través de procesos democráticos
y un gobierno sensibilizado.
De
esta manera, la gente podría participar en determinar qué ayudas deben
concederse y qué limites poner a las actividades económicas. Para
lograr esto, se deberían reformular los tratados de Maastricht y el
GATT. Si se eliminaran los subsidios ocultos, el movimiento de las
eco-aldeas podría crecer con bastante naturalidad.
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La
autora |
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Helena
Norberg-Hodge es directora de la Socidad Internacional para
la Ecología y la Cultura, miembro fundador del Foro Internacional
sobre Globalización, y de Codoca (Consejo para el Desarrollo Sostenible
de Asia Central).
Desde 1975 ha trabajado con los Ladakh en modelos de desarrollo alternativos.
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Contactos |
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Helena Norberg-Hodge
International Society for Ecology and Culture
21, Victoria Square CliftonBristol, BS8 4ES, UK
Tel +44 (0117 973 1575
Fax +44 (0117) 974 4853
www.isecuk gn.apc.org
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